Leído en 'Revista de Filatelia'


SELLOS FALSOS Y SELLOS INVENTADOS.

 


Por Alejandro Fernández Pombo.


 

 Durante unos cuantos días de septiembre y de octubre, un centro comercial madrileño (y luego, según noticias, otro centro semejante de Valencia) ha sido escenario de una curiosa exposición de lo que se ha llamado sin demasiada propiedad «sellos ilegales de curso legal», según los propios expositores, y en cualquier caso piezas que responden a una ridícula realidad.

 

BROMA Y DESAFÍO

Efectivamente, no se trata de sellos falsos que sin ser auténticos quisieran pasar por verdaderos, sino de unos papelitos dentados y coloridos, con una leyenda adecuada al diseño, pero generalmente grotesca o crítica, y que sin ser sellos en el verdadero sentido de la palabra han pasado como tales y han llegado a ser <legitimados> por el matasellos o el rodillo, que ha hecho posible primero la circulación de los efectos postales en que figuraban, y después les ha dado validez de pieza postal para figurar en una colección filatélica, aunque de difícil clasificación y discutible entidad. Algunos de estos sellos incluso han atravesado fronteras.

No creo que se trate de una estafa, que en todo caso sería mínima puesto que el importe de los franqueos evitados es, sin duda, inferior a lo que ha costado hacer esos sellos manualmente (seguramente con ayuda de un ordenador). Es posible que no se trate, por parte de los autores (porque se ha dicho en algún sitio que son varios en comandita), más que de una broma, un alarde de ingenio y un desafío a los controles que se supone que debe tener y sin duda tiene Correos para registrar la legalidad del franqueo.

LLEGARON A SU DESTINO

La deducción es que esos controles no funcionan del todo bien, porque aunque parece ser que algunos sobres con tales sellos no han llegado a su destino (se supone que interceptados por los servicios postales) la mayoría sí, a pesar de que el aspecto de los sellos, sus leyendas completamente atípicas y muchos de sus dibujos deberían haber llamado la atención, especialmente en los que se han matasellado manualmente por ser objetos certificados. Ciertamente, no podemos exigir que los empleados de Correos por cuyas manos circulan estas cartas en su recepción, clasificación, distribución o reparto tengan que estar pendientes de la validez legal del franqueo, sobre todo cuando buena parte de ese franqueo se realiza mecánicamente.

PELIGRO A LA VISTA

Pero el caso es que esta broma, casi un disparate, hace que nos preguntemos: ¿qué ocurriría si en vez de sellos inventados y grotescos fueran <verdaderos sellos falsos> de escasa diferencia con los auténticos?

Los actuales medios de reproducción en color han facilitado en gran medida el trabajo de los falsificadores, hasta hacer muy difícil la distinción entre piezas auténticas y falsas. La lámpara de cuarzo o la simple proyección ampliada del objeto facilitan ese reconocimiento y así se evita que los sellos falsos de época se cuelen en las colecciones en sustitución de piezas de alta cotización, lo que sin embargo sucede en algunos casos, pero por la ingenuidad de los coleccionistas que no consultan con un experto o averiguan la autenticidad de la compra.

Pero ese control, soportable para piezas de gran valor, no puede servir para los sellos en uso postal de más o menos bajo, pero nunca demasiado grande, valor facial. Desde hace no mucho tiempo se viene comentando una falsificación <masiva> del sello de homenaje a Picasso a base de un dibujo de Miró e incluso se ha hablado de su posible desmonetización ante la posibilidad de distinguir los falsos de los verdaderos. Pero la suma de pequeños fraudes acumulados podría suponer un importante quebranto económico y en cualquier caso una burla de las leyes. El informe Hunter, en los Estados Unidos, es un serio aviso para este peligro.

TOMAR MEDIDAS

Por todo ello, será preciso dar la respuesta adecuada y moderna a los métodos modernos de falsificación. Recordemos que cuando el Reino Unido lanzó hace unos años la emisión de un sello de diez libras se le rodeó de una serie de cautelas que hacían prácticamente imposible su imitación perfecta. (Por cierto, ¿está rodeado de esas preocupaciones nuestro sello de 1.000 pesetas con la efigie del Rey?)

Es posible que ahora no haya genios artísticos como Sperati y otros falsificadores famosos; ni siquiera como los <artistas> Vicente Pastor y Francisco J. Martínez, autores de la primera aunque algo tosca falsificación de un sello (convertido, naturalmente al cabo del tiempo, en pieza valiosísima que precisamente estos días se subasta en Madrid); pero en cambio la técnica ha alcanzado, como decimos, tal perfección y comodidad de empleo que un chaval puede hacer maravillas -sellos maravillosos, por ejemplo- en el ordenador de su casa.

¿Cómo defenderemos nuestros sellos, tan acosados, vapuleados y menospreciados?

Los filatelistas ya tenemos otro motivo de preocupación.


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